jueves, 24 de abril de 2014

La ciencia milenaria de la masturbación.

El remordimiento más antiguo de la historia


Es una de las actividades privadas más realizadas por hombres y mujeres pero, a su vez, de las menos comentadas en público. Te invitamos a un recorrido por la historia del onanismo y te enumeramos los beneficios de la masturbación desde el punto de vista científico.


Hace mucho, mucho tiempo... cuando los hombres iban con lanza y taparrabos, cuando lo importante era sólo la supervivencia de tu clan y de tu especie, toda conducta sexual apartada de la procreación era considerada una traición a los tuyos y como tal, una perversión. No había moralidad, todo era cuestión de supervivencia. El onanismo era una deslealtad a la tribu como todo aquello que no mirase por el procomún.
El hombre de Neanderthal se extinguió hace 30.000 años por no aclimatarse a los cambios de su entorno y de sí mismo, pero antes de hacerlo mezcló parte de su genoma y de sus problemas de identidad sexual con el hombre moderno.
La sociedad patriarcal creció y evolucionó paralelamente con el Homo sapiens, pero heredó ciertos prejuicios de aquel hombre del pleistoceno. Tocarse en el Paleolítico siguió considerándose una forma no productiva de desperdiciar semen y fuerza (para el Adán cromosómico), o una forma de aislamiento social (para la Eva Mitocondrial). Aún así, los dildos de piedra rulaban en las cuevas de la época como las puntas de lanzas o los collares de conchas.
Así comenzó la autoestimulación a escondidas para alimentar el remordimiento más antiguo de la historia.
Pero es el verdadero hombre de nuestro tiempo el que recoge las tradiciones ancestrales de siglos de evolución, mutaciones y gatillazos sexuales, para fabricar la ensalada de prejuicios masturbatorios de la actualidad. Todo ello mezclado con corrientes de hipersexualidad místicas que intentan justificar de forma enrevesada el comportamiento humano autosatisfactorio por excelencia.
Según la mitología egipcia, el dios Atum copulaba con su propio puño para autofertilizarse al mismo tiempo que creaba la vía láctea en una especie de eyaculación mística universal. El big bang fue una gran paja al alcance sólo de la divinidad. Los seres más terrenales tenían que conformarse con la autoestimulación privada pensando en su benefactor.
Hasta las bacanales romanas la masturbación era una actividad de desarrollo íntimo, mundano y símbolo de pobreza (por no poder pagarse las putas) con alguna que otra excepción griega. El gran Diógenes ‘El cínico’ se levantaba la toga en el ágora para estimularse en público al ritmo de sus apologías sobre la autosuficiencia. Hoy estaría maniatado en cualquier manicomio esperando algún tratamiento de choque experimental.
Al despojarse de prejuicios milenarios, la ciencia descubre a finales del XIX que la masturbación no es más que una necesidad orgánica más del hombre, que no es ni imprescindible ni perjudicial, como comer chocolate o usar hilo dental. Y que como tales, su práctica no tiene más peligros que el abuso psicótico inducido por otra patología subyacente.
Fue Sigmund Freud (1856-1939) la primera gran mente que vio en la autosexualidad un beneficio claro para el estrés y una traba a las enfermedades de transmisión sexual, aunque también veía en el onanismo una de las causas (que no síntomas) de ciertas neurosis graves. Mediante ecografías se ha constatado hoy la actividad onanista de ambos sexos en el mismo seno materno, un entorno desnudo de prejuicios, moralidades arcaicas o de resentimientos.
El hombre nace completamente onanista, es la sociedad la que coarta y modela su sexualidad según criterios artificiales y convirtíendo la práctica en un falso estigma social. La prueba de ello es que la masturbación es hoy en día la actividad voluntaria privada más practicada por el hombre pero, a la vez, la menos comentada.
Dildo a vapor del Doctor George Taylor
Dildo a vapor del Doctor George Taylor | Foto: teleobjetivo.org
En 1879 Mark Twain fabrica una de las conferencias satíricas más críticas contra el popular tabú. En ‘Reflexiones sobre la ciencia del onanismo’ hace una aguda ironía de las posturas más rancias sobre el pecado mortal de la autosatisfacción, señalando la hipocresía de la sociedad con una práctica tan común y natural para el equilibrio mental del ser humano. La obra es una sátira constante sobre los “efectos nocivos” del autoplacer:
El onanismo como placer es demasiado fugaz; como ocupación, demasiado agotador; como exposición pública, no genera ingresos y como espectáculo, demasiado aburrido”
La ciencia, además, ha encontrado innumerables beneficios en la autoestimulación de ambos sexos en muchas especies ¿Sabías que las ardillas se masturban después del aparearse para prevenir ciertas enfermedades? ¿Sabías que también tiene beneficios demostrados para el sistema inmune del hombre o que ayuda en la prevención de la cistitis o la inflamación benigna de próstata? También la ciencia ha demostrado que no hay ninguna relación entre excesos eyaculatorios y cáncer de próstata.
En los hombres, la masturbación mejora de forma considerable la movilidad y calidad de los espermatozoides. “Dejar correr el grifo para que salga mejor agua” que diría el sabio... En las mujeres ayuda a que se abra el cuello uterino, mejorando la musculatura pélvica, liberando mucosidad y fluidos cervicales, los cuales suelen albergar bacterias. En ambos sexos la masturbación estimula al cerebro para liberar un torrente de productos químicos como la dopamina, las endorfinas y la serotonina. Estas drogas naturales favorecen la relajación, mejoran el estado de ánimo, ayudan a conciliar el sueño y colaboran en las terapias contra determinadas disfunciones sexuales, como la anorgasmia o la eyaculación precoz.
Los males asociados a las masturbación no son mayores que los de una actividad de bajo riesgo como andar o mascar chicle. Puedes sufrir una fractura de pene con la misma probabilidad que caer en una alcantarilla o ahogarse haciendo un globo.
Pero todavía hay muchas preguntas sin respuesta incluso para la ciencia. Lagunas en el desarrollo y comportamiento de un instinto ancestral.
En agosto de 2000 un caso estremeció a la comunidad científica: un hombre de 73 años diagnosticado previamente con un infarto cerebral presentaba un síndrome colateral de mano alienígena, una enfermedad mental en la que una de las extremidades del paciente parece adquirir vida propia. En este caso la mano izquierda escapaba al control cerebral del propio enfermo, agarrando y tirando objetos involuntariamente. El problema era que uno de esos estos ‘objetos’ era su pene. El paciente extraía inconscientemente sus genitales en cualquier momento (generalmente cuando estaba distraído y conversando con alguien) para estimularlos hasta la erección completa. Los médicos y enfermeros constataron los hechos en las conversaciones de diagnóstico. El paciente, cuerdo y sin disfunción psíquica, sufría episodios de gran frustración, consternación y vergüenza con los hechos. Quizás la única vez en la historia que este sentimiento de culpa esté realmente justificado.

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